Cartografías
Hace 5 años
Ayer por la tarde me fui en busca del mar, con un frío de impresión y mil capas de ropa encima. Me gustan las playas en esta época del año, cuando apenas hay gente y nadie parece percatarse de la presencia de los demás. Es una de las mejores formas que conozco para relajarse y equilibrar cuerpo y mente. Hoy amanezco como nueva.
Hay días en los que me cuesta mucho ser condescendiente conmigo misma. Días en los que pienso que cualquiera con dos dedos de frente es capaz de razonar mejor que yo y, por lo tanto, actuar en consecuencia. A veces me canso y daría lo que no tengo por poder alejarme de aquello que no me viene bien. Pero al final suelo quedarme dando vueltas alrededor de la nada, como si realmente fuera a obtener algún beneficio. Lástima que no sea así.
Sé que resultó difícil, en primer término, por mi inseguridad. No estaba capacitada para algo tan espectacular y supongo que hubo varias ocasiones en las que podría haber hecho las cosas mejor. Por lo demás, poca cosa: aclarar un tono las mechas, subirme en unos tacones de diez centímetros y comprar el wonderbra una talla mayor. Lo normal.
Miro por la ventana y sigue lloviendo. Parece que se avecina otra semana interminable de invierno, de salir de casa con la misma ropa de abrigo que tapa hasta las orejas. Qué razón tenía el que dijo que la forma de vestir influye en el estado de ánimo. El caso es que regreso a la cama, me espera Dostoievski con más de mil páginas para mí solita. Hasta el gato me ha abandonado esta mañana, suena jugar con mi padre por la casa. Yo prefiero quedarme aquí, resguardada del mundo real, al menos un día más.