
Hubo una semana, allá por el mes de abril, creo recordar, en que dediqué mis tardes a hacer abdominales. Así como suena, uno tras otro, hasta que acabé con unas agujetas de esas que hacen que te duelan partes del cuerpo que ni siquiera sabes que existen. Fíjense si estaba atontada, más aún cuando en mi cuerpo no hay ni asomo de grasa, ni michelines en cualquiera de sus variedades. Son cosas de la inseguridad, que tengo para dar y regalar. Y no hay nada que hacer. Ya puede venir el chico más guapo del mundo a decirme que no hay otra como yo, como fue el caso, que seguiré dudando de mí misma hasta la extenuación.